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Eduardo Pettinari: la Arquitectura, el campo y una vida plena sostenida sobre el pilar de la familia

Eduardo Pettinari: un perfil bien pergaminense, rico en vivencias. (LA OPINION) Eduardo Pettinari: un perfil bien pergaminense, rico en vivencias. (LA OPINION)

A los 60 años ha recorrido un nutrido camino. Logró desarrollarse en el campo de la profesión y llevar adelante la empresa más importante de su vida: su familia. En una charla con LA OPINION trazó su perfil pergaminense recreando las experiencias que conforman su historia.

Eduardo Alberto Pettinari nació en Pergamino. Creció en el barrio Acevedo, un sector de la ciudad en el que vivió hasta los 18 años en que se fue a estudiar Arquitectura a Rosario. Hijo de Nora Chamut, descendiente de sirio libaneses; y Eduardo Petinari, un empleado ferroviario de raíces italianas. Su mamá tiene 82 años. Eduardo la disfruta plenamente. Tiene dos hermanos: Mariel, un año y medio más chica y Franco, quince años menor. Fue a la Escuela Nº 4 y más tarde al Colegio Industrial. Guarda buenos recuerdos de su infancia y adolescencia: “Tengo muy lindos recuerdos de mi época de estudiante secundario, éramos muy pocos en la promoción 1974 y realmente de allí surgió un grupo de amigos que conservo y con quienes nos reunimos en forma periódica. También tengo buenos recuerdos de mis docentes y del director del Colegio. Me tocó vivir la época del traslado de lo que era la escuela vieja que funcionaba en calle Florida al actual edificio, en la Avenida. Tengo vivencias inolvidables y me siento agradecido por haber recibido allí muy buena formación, de hecho cuando empecé la carrera de Arquitectura utilicé apuntes que había tenido en mi época de estudiante del Industrial”, refiere.

Su vocación por la Arquitectura nace en el Colegio Industrial. Por las características de la formación que había recibido allí se debatió un tiempo entre la Ingeniería y la Arquitectura y finalmente se decidió por la segunda opción, en función de que supo que iba a tener un campo amplio de acción.

Vivió en Rosario hasta 1982. Dos años antes de recibirse de arquitecto ya había comenzado a trabajar en Pergamino en una empresa constructora, a cargo del ingeniero Curti, tenía un auto con el que viajaba un par de veces a la semana. Trabajar le permitió costear algunos gastos de su carrera universitaria y  ya graduado se estableció definitivamente en Pergamino, donde se consolidó profesionalmente. “La Arquitectura es una linda carrera y se desarrolla en un ambiente muy bueno porque se comparte mucho con los compañeros de estudio, tiene mucho de práctica, se viven momentos lindos que hacen de complemento al estudio propiamente dicho. Es una actividad que me ha dado grandes satisfacciones”.

Hasta 1983 y en la semana previa a casarse con Rosana Passaglia, decidió renunciar al trabajo en relación de dependencia para abrirse camino por su cuenta. Ya tenía varios clientes particulares y eso le permitió comenzar a crecer. Con su esposa que es médica habían compartido el tiempo de estudiantes  en Rosario y sabían unir proyectos y desafíos. Contrajeron matrimonio y emprendieron la empresa más grande de sus vidas: conformar una familia. Tuvieron tres hijos: Estefanía, que es médica y es soltera; Eduardo que es contador y está casado con Florencia Domínguez Peyrano; y Juan, que está de novio con Giuliana y la semana próxima se recibirá de ingeniero.

Eduardo tiene 60 años y sigue ejerciendo su profesión como arquitecto. A la par de ello desde hace 20 años con su cuñado, “Beto” Passaglia, conformó una sociedad dedicada a la explotación agropecuaria. “Me gusta el campo, es una actividad más relajada que la Arquitectura y brinda sus beneficios y sinsabores”, afirma.

En el campo de la Arquitectura ha llevado adelante una gran diversidad de obras y no se ha especializado en un determinado aspecto. Ha trabajado bastante en industrias, viviendas unifamiliares y en conjuntos de viviendas también.

 

Una obra especial

“Tengo el orgullo de haber hecho gran parte de la cancha de Douglas Haig, una historia de un momento especial del club, cuando asciende al Nacional B en 1986”, señala y asegura que aquellas instancias merecerían la escritura de un libro.

Respecto de la obra del estadio relata: “En ese momento se vivía una situación muy especial en el Club Douglas Haig, hacía mucho tiempo que quería ascender a una categoría nacional y lo logra en 1986. El estadio tenía muy poca capacidad, en 42 días hubo que transformarlo de una cancha para 1.500 personas a un estadio para 10.000. Con un diseño mío y de Roberto Borrasco, se construyeron las tribunas populares. Teníamos muy poco tiempo, había muy poco dinero y había que resolverlo en forma rápida. En aquella época nosotros concurríamos al club como simpatizantes. El presidente Miguel Morales y el grupo de apoyo nos convocaron, todo el mundo pensaba que era imposible lograr lo que nos proponíamos, pero lo conseguimos. Después se le fueron haciendo mejoras”.

Se reconoce hincha de Douglas  Haig y recuerda que esa pasión nació tempranamente cuando sus tías que eran solteras, teniendo él cinco años lo llevaban a la cancha que en aquellos años funcionaba donde hoy está el barrio de la UOM. Su padre también era fanático del club. “Yo iba con mi tía Elvira que era soltera y una amiga de ella Filomena que trabajaban en el Hospital Ferroviario. Yo era muy chico, no entendía demasiado donde estaba, pero ellas eran fanáticas y me llevaban”, cuenta.

 

Su casa y la vida

Vive en una casa que le llevó bastante tiempo construir y fiel a su profesión cada detalle de ese lugar está prolijamente cuidado. “Cuando arrancamos no teníamos demasiado recurso económico. Gran parte de la mano de obra fue mía y me ayudaba mi padre y un amigo Pedro Irusta”, comenta y observa ese lugar que ladrillo a ladrillo se fue ampliando al curso de la conformación de su familia.

Disfruta haciendo Arquitectura. En uno de los ambientes de su casa, están los elementos con los que trabaja. Desde hace dos años con el ingeniero Esteban Lalicata se dedica a la fabricación de viviendas con el sistema de construcción en seco. “Es algo que venía dando vueltas en mi cabeza desde la época del Colegio Industrial, siempre me había propuesto hacer algún tipo de vivienda industrializada y hoy lo he podido lograr a través de esta empresa que estamos llevando adelante”.

Le gustan las manualidades y en el tiempo libre incursiona en esta actividad. “Lo que aprendí en el Industrial fueron conocimientos que me quedaron y que hoy me dan las herramientas para crear algunas cosas de carpintería que me dedico a hacer”, refiere en la progresión de una charla que va de la profesión a la vida familiar y fluye. Le gusta viajar con su mujer y elige el Caribe como destino. Cuenta que hace unos años tuvo la suerte de realizar un viaje a Europa con un amigo y conocer la tierra de sus abuelos paternos, en Italia.

Se emociona cuando relata aquel viaje, quizás porque de algún modo supuso un contacto con las raíces. “Llegué al pueblo de mi abuelo con un amigo que es como un hermano para mí, Guillermo Navarro.

“Mi familia tiene dos ramas totalmente distintas, por parte de mi madre que son sirio libaneses y por parte de mi padre italianos; una conjunción de dos sangres fuertes. La tierra de mis abuelos maternos no tuve la posibilidad de conocerla y menos en la actualidad en que Siria vive una situación extrema. Pero el pueblo de mis abuelos paternos sí, y fue muy conmovedor y una experiencia inolvidable”, agrega agradecido a sus raíces.

Amigo de los amigos, le gusta mantener rutinas que lo acercan a sus afectos. “Tenemos una mesa en el bar de la Estación del exFerrocarril Mitre en la que nos juntamos a tomar café todos los días desde hace 30 años. Es una costumbre que respetamos cada mañana”.

En lo personal está estrenando su condición de abuelo. La llegada hace tres meses de Juan Martín lo acerca a un afecto que lo emociona: “Ser abuelo es una de las cosas más lindas que te pueden pasar. Es como volver a ser papá, pero sin la responsabilidad que eso supone, es un vínculo donde podés dejar fluir todo el amor”, afirma y en sus ojos de un color verdoso brilla una emoción con la que expresa quizás el amor más genuino. “Tengo una linda vida y el presente nos encuentra hoy entre Pergamino y Rosario para disfrutar de nuestro nieto”.

Afirma que Pergamino es una ciudad en la que le gusta vivir. “Por cuestiones laborales he andado por muchos lugares; sin embargo, siempre me gusta volver a Pergamino”.

Es sensible con todo aquello que tenga que ver con sus afectos y se define a sí mismo como “familiero”.

Dueño de valores aprendidos de sus mayores, reflexiona sobre las cuestiones esenciales de una vida en el devenir de la charla. “Uno hace un recuento de la vida cuando acepta esta entrevista”, confiesa. En ese recorrido siempre están los afectos y con la emoción a flor de piel se muestra agradecido a todo lo que aprendió de sus padres y de sus suegros, Nora y Víctor, personas que fueron pilares para él y su esposa. “Nosotros venimos de haber arrancado de muy abajo, con mucho esfuerzo, mi padre era ferroviario, entonces todo lo que uno construye tiene que ver con el trabajo”.

Reconoce que lo han golpeado algunas pérdidas como la muerte temprana de su padre. 

 

El futuro

Respecto del futuro, considera que es muy difícil planificar la vida a largo plazo porque van sucediendo circunstancias que van modificando esos planes. Sin embargo, ha conseguido gran parte de lo que se propuso. Se lo atribuye al hecho de tener al lado a una mujer que lo acompaña en todo. “Cuando uno tiene al lado a alguien así, va pudiendo moldear aquello que se propone”, reflexiona.

Familiero, sobreprotector de sus hijos y orgulloso, como se define, se manifiesta “contento” con la vida que le tocó. Es la que construyó y de la que disfruta.

Sobre el final, cuando la conversación le pide una reflexión sobre la vejez, Eduardo confiesa que “muchas veces no se imagina esa etapa de la vida”. Sabe disfrutar el presente. Lo ha aprendido y lo expresa: “Disfruto mucho del hoy. Dejo que fluya, porque soy un convencido de que si uno se programa  para vivir la vejez de tal o cual manera quizás la acerca demasiado. Y no es que yo la quiera mantener lejos, solo quiero que mi vejez sea el destino que se vaya formando de acá para adelante”.