Avances:
El Ministerio de Salud bonaerense enviará a Pergamino un helicóptero sanitario y dos vehículos todo terreno con médico y enfermero para atender emergencias en zonas anegadas. En la zona hay varias rutas cortadas, entre ellas la Nº 188, 9, 8 y 51, todas por agua en la calzada. Una buena parte de la ciudad está sin energía eléctrica por el ingreso de agua a los domicilios. Zonas no inundas también son alcanzadas por los cortes preventivos.

La violencia, la protesta y las responsabilidades de la dirigencia

La Argentina, un país que se jacta de ser pacífico y de no querer volver a vivir el terror de los años oscuros, tiene un grado de violencia más o menos oculta que termina exteriorizándose en circunstancias extremas. Habida cuenta las presiones de la vida actual no podríamos considerarlo patológico, aunque lo deseable es que cada uno pueda manejar sus momentos de ira, si los tiene. Es, por ejemplo, el enojo ante un robo, la muerte violenta de un ser querido, una inundación. Hay quienes lo pueden procesar con angustia pero sin violencia y a otros, en cambio, la situación límite les hace brotar una suerte de furia a flor de piel y les cuesta el autocontrol. No es el ideal pero es comprensible una reacción extrema a una situación extrema. Lo mismo sucede cuando se habla en términos macro, por ejemplo de un descenso en los niveles de inseguridad: es natural que quienes han padecido pérdidas de un familiar por un hecho delictivo, reaccionen intempestivamente y no perciban el dato como real. A un damnificado se le comprende y acepta el pensamiento, las expresiones y la reacción física. Es común escuchar a víctimas o deudos por televisión pidiendo, con una mezcla de tristeza y bronca, la pena de muerte, siendo que en otra situación no la avalarían. En circunstancias normales esa misma persona quizá no llegaría a un pensamiento extremo.

Lo complejo es cuando esa violencia reactiva, natural y esperable, toma ribetes sociales. Por ejemplo, cuando un reclamo genuino se convierte en un piquete violento y, a merced de otros intereses, esa protesta encuentra un organizador y hacedor, y se va de las manos. Y aquí es importante determinar la génesis de la organización del grupo de queja: los vecinos que en estos días tomaron una comisaría porteña ante el asesinato de un adolescente en manos de motochorros, que comenzó siendo genuina y espontánea pero terminó con barras que si bien viven en el barrio, aprovecharon para sacar afuera su violencia siempre presente. Son los riesgos de los fenómenos que surgen de autoconvocados y luego le aparecen líderes. Muy diferente es cuando se arma un piquete con un reclamo más o menos genuino, pero van con el rostro tapado y palos, evidentemente se trata de grupos que salen a buscar el choque. Aquí hay una premeditación. En ambos casos, los dirigentes sociales juegan un rol determinante, y lamentablemente, suele ser para mal.

Precisamente, es aquí donde se pone sobre la mesa los liderazgos sociales, aquellos que van surgiendo sobre la base de organizaciones donde la principal característica, en general, es la exclusión. Se van erigiendo a partir de problemáticas de vieja data en la Argentina: la falta de empleo, los planes sociales que les resultan insuficientes, los problemas de inseguridad, los barrios que a falta de infraestructura se parecen más a un asentamiento que a un sector de la ciudad. Las razones son variadas en un país como el nuestro que ha tenido una historia económica llena de tropiezos y donde el desarrollo es una oportunidad que se ha perdido en muchas etapas. Y también están las organizaciones políticas que tienen su “brazo armado” por llamarlo de algún modo, grupos que comienzan a tener sus líderes propios y se terminan yendo de las manos, sin que se haga un esfuerzo suficiente para pararlos. Lo mismo sucede con los clubes de fútbol, cuyas barras bravas, además de pretender manejar a los clubes, se mezclan en todo tipo de protestas, siempre exhibiendo la violencia por encima de cualquier razonamiento.

Los dirigentes sociales, quienes de manera vocacional, voluntaria o incluso rentada decidieron ocupar el rol de canalizadores e intermediarios entre las necesidades de la gente y las autoridades, deben hacerse cargo de cómo ejercen su rol. De ellos es esperable la coherencia, la gestión, la diligencia, los paños fríos, la negociación, todo lo que hace a que el reclamo encuentre su cauce por la vía natural, esa que suele ser lejana para el ciudadano. Lo que no es deseable es que obren con la misma ira, violencia o en criollo, “calentura”, que sus representados. Mucho menos que capitalicen estos sentimientos para lograr el cometido por medio de la desestabilización social, el desprecio por las instituciones y el avasallamiento de los otros ciudadanos, que también tienen derechos que pretenden ejercer. 

Lo que sucedió en Pergamino con el corte del único puente transitable en medio de una ciudad inundada es un claro ejemplo. Que aquel que perdió todo, que se siente desamparado por el Estado, que reclama asistencia tenga el instinto de protestar de esta manera es comprensible. Pero que el dirigente social, que ni siquiera comparte su realidad, se apersone para asumir la misma actitud belicosa y agresiva no es aceptable. El dirigente tiene que aparecer para llevar tranquilidad, comunicación, para utilizar sus canales que lleven a una solución del conflicto.

Otro caso de estos días que habla de lo mismo es lo que le pasó al presidente Mauricio Macri en Villa Traful, donde fue a hacer una inauguración y se encontró con una protesta del gremio estatal ATE. Hasta allí, todo aceptable. Pero a poco de llegar al predio una lluvia de piedras atacó su vehículo. Si uno, dos, tres manifestantes, con un enojo mayúsculo tuvieron esa reacción ante la llegada del presidente, puede encuadrarse en una actitud del momento, propia de la bronca acumulada, de la impotencia. Son cosas que un político en funciones sabe que pueden ocurrir pero cuando ya no son “lobos solitarios” sino un escuadrón que se prepara para atacar, estamos ante una dirigencia, en este caso gremial, que ha dejado de cumplir su rol para convertirse en comandancia de ejércitos de choque. El dirigente no solo no puede avalar sino que tiene que disuadir, hacer entender que no es la manera, a aquellos que se sienten violentados en sus derechos. De lo contrario, viviremos siempre en una guerra, con heridos, muertos y supervivientes y los reclamos, que son la razón de ser de los dirigentes, pasan a un segundo plano.

Luego aparece la otra pata de estas situaciones que generalmente empiezan bien y terminan mal, y todo se distorsiona, casualmente, cuando aparecen quienes en estas estructuras son líderes, los dirigentes sociales: el accionar de las fuerzas de seguridad. 

Los que tienen ascendencia en la gente, a quienes los vulnerables escuchan, dejan hacer hasta el cansancio, no disuaden la violencia y muchas veces, por el contrario, la fogonean pero luego son los primeros en hablar de violencia por parte del Estado. En consecuencia, el rigor de la ley, recula. Temen que si restablecen el orden, o se aplican las figuras penales existentes, la situación se les vaya de las manos. Ante la disyuntiva dejan que la violencia se desarrolle.

¿Cuál es el rol de los dirigentes sociales, los políticos, los gremiales frente a los sectores de la protesta? En principio contenerlos, no usarlos para hacer “el trabajo sucio” permitiendo que generen conflicto social pretendiendo usarlo a su provecho porque es de manual que cuando se enfrentan a los micrófonos todos cuestionan la violencia, pero en la práctica ¿contienen a su gente? Este interrogante no es ocioso, porque frente a las agresiones sociales, al presidente o a los piquetes cuando se vuelven violentos hay dirigentes que tienen un discurso en apariencia políticamente correcto pero se desliza de sus dichos que, en definitiva, justifican las agresiones. Algo de aquello que la violencia cuando la ejerce el pueblo no es violencia, es justicia, una frase muy cuestionable al que muchos adhieren.

La dirigencia social y sus otras variantes tienen que exhibir una responsabilidad mayor a la hora de fomentar, con la mano invisible, la violencia porque el cuento chino de que hubo infiltrados se da en un caso entre mil y estamos pecando de ingenuos.

La protesta que siempre se hace más urgente en épocas de ajuste, hay que canalizarla sin violencia, porque son situaciones que pueden derivar en males mayores cuando se empieza a ir de las manos. Es posible, pero hay que querer seguir ese camino. Deben ayudar a construir una sociedad, no sin quejas, pero sí con diálogo, intentando resolver los problemas y no azuzar a los más exaltados para que salgan a la palestra a “romper todo” y generar el clima social que, suponen, favorece a sus intereses.

Dejemos de jugar al distraído.