Avances:
El Ministerio de Salud bonaerense enviará a Pergamino un helicóptero sanitario y dos vehículos todo terreno con médico y enfermero para atender emergencias en zonas anegadas. En la zona hay varias rutas cortadas, entre ellas la Nº 188, 9, 8 y 51, todas por agua en la calzada. Una buena parte de la ciudad está sin energía eléctrica por el ingreso de agua a los domicilios. Zonas no inundas también son alcanzadas por los cortes preventivos.

La era de la información, ¿ o de la desinformación?

Cada tanto, de manera imperceptible, se produce un cambio de época. Todos recordamos del colegio aquella línea de tiempo en que hechos importantes señalaban el cambio de era. La caída del Imperio Romano de Occidente, en 476, señalando la salida de la Antigüedad para entrar en la Edad Media; el fin del Imperio Romano de Oriente en 1453 (aunque muchos historiadores prefieren ubicar el quiebre en 1492, con el Descubrimiento de América) marcando el comienzo de la Edad Moderna; y finalmente, desde la Revolución Francesa de 1789, venimos transitando la Edad Contemporánea. Con la infinidad de sucesos y cambios que se han producido en 226 años ya no podemos considerar que aún estamos en ese tramo de la Historia. Pero a la hora de definir qué tiempo es el que vivimos, no hay un acuerdo en la sociedad científica mundial sobre cómo llamarlo y en qué momento específico dejamos de estar en la era de los contemporáneos.

Lo cierto es que, en términos históricos, es un cambio muy reciente por lo que es lógico que resulte dificultoso encontrarle nombre y fecha de nacimiento, esas conclusiones se harán más evidentes desde una mirada retrospectiva.

No obstante, mientras tanto, se escuchan algunas calificaciones y neologismos para describir este tiempo que vivimos, hallándose el mayor consenso en definirlo como la era de la información. Esto refiere tanto a la aparición de nuevas tecnologías para trasmitirla como a la posesión de conocimientos en la sociedad a partir de la accesibilidad a la información.

Para los de más de 30, es decir los nacidos en los 80, es abrumador lo que la tecnología ha importado a sus vidas. Ya para quienes vinieron después, esta continua evolución es natural. Mientras que los primeros todavía se sorprenden con las posibilidades de Internet, para estos jóvenes el e-mail –que nació después que ellos- ya pasó de moda. Y así con muchísimos otros elementos “revolucionarios” que tuvieron fugaz apogeo y luego fueron fácilmente sustituidos.

Por eso, con una visión más crítica, están los que llaman a esta época la era descartable, porque todo es efímero, con poca vida útil. De allí que cabe preguntarse: ¿la información ha pasado también a ser un bien devaluado?   

Nos encontramos inmersos en una sociedad con sobreinformación, lo que puede ser tanto o más nocivo que la desinformación. Vivimos todo el día conectados. En la computadora, en nuestro celular, en la tablet. A través de Twitter nos llegan las últimas noticias, desde Facebook nos enteramos de lo que hacen los amigos y en Whatsapp nos controlamos unos a otros. Y esto genera fenómenos de lo más curiosos, como lo que sucede, por ejemplo y más especialmente, en Twitter: conocés  las consecuencias de un hecho antes que el propio hecho. Porque son las réplicas (los retweets) de otros, hablando de muertos, de consternación, por ejemplo, las que nos alertan que algo pasó y nos impulsan a bucear en una cadena de publicaciones anteriores para finalmente llegar al posteo de que ha habido un atentado.

Todo está al revés de como era, lo que es tan maravilloso como peligroso, porque somos los contemporáneos una mixtura de viejas y nuevas formas por lo que todavía no comprendemos cómo navegar a salvo por estas aguas. Es muy claro verlo por la manera en que actúan unos y otros en las redes. Los mayores, los que crecieron informándose a través de medios tradicionales como diarios, radio y TV, validan todo lo que ven sus ojos en una pantalla. Así, replican posteos falsos, antiguos, con datos de otros países, virus, mientras que los llamados millenials o nativos digitales, saben diferenciar perfectamente la verdad de la mentira, lo genuino de lo publicitario, y no se enganchan en fraudes, que abundan en las redes, por cierto.

El acceso al conocimiento que ha posibilitado Internet es maravilloso. Pensemos por ejemplo, que Wikipedia tiene más de 13 millones de artículos. ¿Cuánta gente podía, 30 años atrás, tener acceso gratuito y en la comodidad de su hogar, a semejante caudal de información?  Realmente, desde este punto de vista, es incuestionable la evolución. Pero quedémonos en el ejemplo de Wikipedia para ver la otra cara de la moneda. ¿Tiene todo lo que allí encontramos rigor científico, veracidad, exactitud? No. No es la Enciclopedia Británica, en la que trabajaba un ejército de investigadores y redactores, verificando todo antes de publicar.  En Wikipedia todos podemos escribir lo que queremos sobre cualquier cosa, hecho o persona. Es el paradigma de la comunicación de esta era: multidireccional, donde todos somos emisores y receptores. Y esto es de una responsabilidad muy grande, que no terminamos de asumir. Sería iluso pensar que todos los que aportan a Wikipedia lo hacen con buenas intenciones o porque cuentan con conocimientos irrefutables para ilustrar a la comunidad mundial. Del mismo modo sucede con la información de noticias y hechos: de repente llega de todo de muchos lados, ¿pero es todo verdad o al menos ajustado a la realidad, bien intencionado?  

Los medios tradicionales también nos sumamos a esta nueva forma de comunicar, y también incurrimos en irresponsabilidades.

Los noticieros cada vez duran más, pero informan menos. Se ha impuesto el info-teinment: noticias de entretenimiento que se incluyen en las grillas por puro impacto: el video doméstico de un tornado, el escándalo sexual de turno o un video viral de YouTube. Por no hablar de que las secciones de “El tiempo”, que son más y más largas, hasta ocupar un programa entero. El asunto es estar tirando datos las 24 horas del día, con lo que sea, para estar en línea con lo que ofrece Internet y porque, supuestamente, es lo que demanda la gente. Pero nos encontramos con que cuando tendríamos que estar mejor informados, sucede lo contrario. Si hiciéramos una encuesta entre nuestro círculo de conocidos y les pidiéramos de funcionarios del Municipio ¿cuántos serían capaces de nombrar? Pocos, seguro ¿será que nos hemos cansado de los políticos? Seguramente. ¿De los informativos tradicionales? Puede que también. Pero está claro estamos rebalsados de información que, para empezar, no nos es pertinente. Y para seguir, las más de las veces no es fidedigna, no se ajusta a la verdad. A lo que se suma el agravante de que ya no la guardamos para nosotros y nuestros cercanos sino que, así como la recibimos, la amplificamos a todo el mundo a través de las redes sociales, sin filtro, sin chequear su veracidad y sin pensar en el impacto que información así dada puede causar en los millones de receptores.

Esto no es el lamento de un medio tradicional frente a la llegada de otras modalidades, ni la negación a compartir el rol de emisor del mensaje en la trama de la comunicación. Se trata de una observación de la realidad de la que somos parte activa y en la que estamos reformulando nuestro protagonismo, buscando nuestra función social en la nueva era de la información. Y curiosamente, mucho de lo que hoy nos toca hacer, el servicio que hoy cumplimos, tiene que ver filtrar, depurar, echar luz sobre lo que falazmente circula por las redes. Tanto diarios, como radios y canales de TV terminamos usando los acostumbrados métodos de búsqueda y chequeo de datos ya no para llevar una noticia a la sociedad sino para aclarar y generalmente desmentir lo que otros mal informaron y otras tantas personas más replicaron.

Así que hay que estar atentos para utilizar bien estas potentes herramientas, que se han convertido ya en sí mismas en medios de comunicación de masas. Tengámoslo presente cada vez que apuntamos algo en ellas o replicamos algo que nos devuelve la pantalla.